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William Shakespeare nació en 1564 en Stratford-upon-Avon; su partida de bautismo lleva la fecha del 26 de abril. Su padre, John Shakespeare, guantero y curtidor, ascendió en el gobierno del pueblo y en 1568 fue elegido bailiff, el cargo más alto de la villa; su madre, Mary Arden, procedía de una familia terrateniente. Se admite que estudió latín y retórica y leyó a Ovidio y a Virgilio en la King's New School del lugar. A los dieciocho años se casó con Anne Hathaway, ocho años mayor que él; nació primero Susanna y después los mellizos Hamnet y Judith.
De los años entre 1585 y 1592 no queda documento alguno; al final de ese vacío ya se hablaba de él en los escenarios de Londres como actor y como autor. En 1592 Robert Greene lo despachó como «un cuervo advenedizo, engalanado con nuestras plumas»; la pulla se toma como prueba de que su nombre ya sonaba. En los años en que la peste cerró los teatros publicó Venus y Adonis y lo dedicó al conde de Southampton.
En 1594 entró como socio en los Lord Chamberlain's Men; en 1599 estuvo entre los fundadores del Globe y en 1603, con la subida al trono de Jacobo I, la compañía pasó a llamarse King's Men. Romeo y Julieta pertenece a esos años de ascenso. En 1596 perdió a su hijo Hamnet, de once años; al año siguiente compró New Place, la casa más grande de Stratford.
Acercó el verso blanco al habla común y puso a un rey y a un sepulturero a hablar en la misma escena con la misma seriedad. Aflojó los límites de los géneros heredados y trenzó la comedia con la tragedia. Murió en Stratford en 1616, a los cincuenta y dos años, y fue enterrado en la iglesia de Holy Trinity. La mayor parte de sus obras llegó hasta nosotros gracias al Primer Folio, reunido en 1623 por sus compañeros de escena Heminges y Condell.
Shakespeare escribió en los últimos años de Isabel I y los primeros de Jacobo I. Los primeros teatros públicos comerciales de Londres acababan de levantarse; el humanismo renacentista había llevado los textos clásicos a la escena y el verso blanco, iniciado por Marlowe, se había vuelto la lengua del drama. Los textos pasaban por la censura del Master of the Revels, mientras los puritanos acusaban al teatro de inmoralidad y exigían su cierre. Escribir para la escena aún no era oficio respetable: se escribía entre el gusto de la corte y el del público. Las oleadas de peste y la inquietud por la sucesión marcaban el ánimo de la época.