Un famoso y maestro orador del maniqueísmo que sirvió como obispo. Durante nueve años, fue presentado por su círculo casi como un legendario salvador sabio para resolver las dudas de Agustín respecto a asuntos filosóficos, religiosos y, especialmente, astronómicos. Cuando llegó a Cartago, aunque Agustín quedó impresionado por la elegancia y cortesía de su retórica, se dio cuenta de que, en realidad, no sabía nada sobre filosofía, matemáticas o astronomía. Fausto confesó noblemente su ignorancia; sin embargo, esta situación provocó que la creencia maniquea en la mente de Agustín colapsara por completo.
Ascendió rápidamente dentro de la fe maniquea y se ganó el respeto de todos los miembros de la secta. Con fragmentos de información que recopiló de varios autores como Séneca y Cicerón, se convirtió en un eficaz vendedor de palabras.
Su expresión facial es significativa, su discurso es pulido; proyecta la imagen de un hombre sabio y rico ante un observador externo.
Aurelius Augustinus
La «dulce trampa» que, sin saberlo, alejó a Agustín del maniqueísmo. Supuso un punto de inflexión en su búsqueda de la verdad.