El señor Bennet, dueño de la mansión y la finca de Longbourn, a pesar de su naturaleza lógica, se casó en el ardor de su juventud con una mujer vacía y sin tacto, cometiendo quizás el único error de su vida, pero pasó el resto de sus días retirándose de ese error hacia su biblioteca. No se interesa mucho por el futuro de sus hijas, evaluando lo que sucede como si fuera una escena de teatro, observándolo únicamente desde su propio marco irónico y sarcástico. Sin embargo, paga muy caro el precio de su pasividad ante el escándalo de su hija menor, Lydia, al tomar un mal camino con Wickham, y siente por una vez cuán culpable fue; no obstante, lo supera fácilmente. Finalmente, encuentra satisfacción en la felicidad de Elizabeth, la hija a la que más respeta y cuya inteligencia elogia.
Aunque parece muy racional, debido a que unió su vida a una mujer ignorante simplemente por quedar prendado de su antigua belleza, este estado de rebelión intelectual e indiferencia se convirtió en un destino que eligió para sí mismo a lo largo de los años.
Un hombre mayor de reacciones calmadas y aspecto respetable, que parece un filósofo desde detrás de sus gafas.
Lydia
Su insensata hija adolescente, causante de su deshonra.
Wickham
Su aborrecible yerno, de quien dejó claro que se burlaba desde el principio y a quien desterró de su vida mediante un acuerdo deshonroso, aun cuando llegó a sentir deseos de batirse en duelo con él.
Elizabeth
La niña de sus ojos entre sus hijas mayores, cuya agilidad mental concuerda a la perfección con la suya.
Bayan Bennet
Su esposa, por quien no siente el menor respeto debido a un matrimonio desacertado y a quien juzga completamente insustancial.