
Platon
La obra de Platón titulada La República es una utopía filosófica que examina el concepto de "justicia" a través de la voz de Sócrates y construye un orden social perfecto (ideal). En el centro de la obra reside la idea de que la estructura del Estado guarda semejanza con la estructura del alma humana.
Frente a la cuestión de si la justicia es verdaderamente un bien intrínseco, duradero y provechoso, o si prevalecen los beneficios terrenales y corporales que la injusticia procura mediante el engaño y la impunidad; la lucha por erigir desde la base un modelo perfecto de Estado y de alma para demostrar la verdad inquebrantable de lo justo.
La casa de Polemarco, un rico meteco, en El Pireo, la ciudad portuaria de Atenas.
Principios del siglo IV a. C. (Periodo clásico de la Antigua Grecia / Época en que Sócrates estaba vivo).
Indagación dialéctica, profundidad intelectual, sabiduría de la Antigüedad, tensión política y solemne, iluminación filosófica.
Primera persona del singular (Sócrates narra retrospectivamente una discusión ocurrida una noche).
El mundo se halla en constante generación y corrupción, y está lleno de ilusiones. La verdadera existencia reside únicamente en el inmutable mundo de las Ideas, accesible solo mediante la razón. En el Estado y en el alma, la regla inquebrantable es el equilibrio: cada estrato social o parte anímica debe desempeñar únicamente la función propia de su naturaleza sin entrometerse en la de los demás. La inteligencia superior y la virtud exigen perseguir la verdad pura, no el poder ni los placeres materiales. No habrá bienestar para la humanidad hasta que la filosofía y el poder se unan en una sola persona (el rey filósofo).
Una época dominada por las crisis políticas del mundo griego antiguo, las guerras y los conflictos entre oligarquía y democracia. Una atmósfera intelectual donde se cuestiona moralmente la concepción tradicional de los dioses y la mitología (Homero y Hesíodo), y cobran auge los valores relativistas de los sofistas, que defienden el interés del más fuerte.
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Mientras Trasímaco intenta dominar el debate de manera feroz, ruda y arrogante, Sócrates desmorona su soberbia con un interrogatorio sereno, irónico y rigurosamente lógico. Es la lucha de la razón que defiende la virtud frente a la mentalidad sofista que aboga por el derecho del más fuerte. Aunque Trasímaco se fatiga y queda acorralado, Sócrates lo neutraliza más que convencerlo por completo.
Trasímaco se abalanza sobre el debate como una fiera salvaje, mientras las preguntas burlonas de Sócrates lo hacen sudar y sonrojarse.
Glaucón es el seguidor sensato más cercano a Sócrates, pero lleva los argumentos más difíciles hasta el límite para ponerlo a prueba. Sócrates, por su parte, aprecia ese ardiente deseo de verdad y construye hombro con hombro junto a él la teoría del Estado ideal.
Glaucón pone a prueba la fe de Sócrates en la justicia con la historia del anillo de Giges y le exige que defienda la justicia despojada por completo de todo interés personal.
Mientras Glaucón profundiza en las complejidades teóricas, Adimanto se enfoca en cuestiones prácticas y sociales. Ejerce una oposición constructiva frente a Sócrates sobre cómo se implementarán la educación, las normas y las prácticas, obligándolo constantemente a confrontar la realidad. Sócrates lo elogia como un interlocutor sensato y respetable.
Adimanto interrumpe a Sócrates para exigirle explicaciones, argumentando que la comunidad de mujeres e hijos y la abolición de la propiedad privada harán infelices a los guardianes.
Son nobles hijos del mismo padre (Aristón). A lo largo de la discusión toman la palabra por turnos para no dejar solo a Sócrates y, subsanando los vacíos en sus respectivos argumentos, continúan sobre una base mucho más rigurosa la objeción iniciada por Trasímaco.
Adimanto interviene diciendo: «Que un hermano ayude a su hermano», y retoma la defensa crítica en el punto donde Glaucón la había dejado.
Es el anfitrión que primero intercepta a Sócrates y lo atrae al escenario del debate. Aunque defiende la visión poética tradicional de hacer el bien a los amigos y el mal a los enemigos, no puede resistir la lógica socrática y se pasa con facilidad a su bando.
Cuando Sócrates explica que hacer daño incluso al enemigo no es propio de los hombres de bien, Polemarco le da la razón y le propone una alianza contra Trasímaco.
Sócrates indaga respetuosamente las experiencias de Céfalo sobre la vejez, la riqueza y la vida de ultratumba. Tras exponer la moral tradicional, Céfalo cede la discusión a los jóvenes y se marcha a atender el ritual de los sacrificios, dando paso así a que la religión sea sustituida por la filosofía racional.
Sócrates acorrala sutil y amablemente a Céfalo sobre si debe la superación de las dificultades de la vejez a su carácter o a su riqueza.
Mientras que Trasímaco defiende el poder egoísta, Polemarco se inclina por defender la amistad y la justicia social. Frente a Trasímaco, Polemarco suele ponerse del lado de Sócrates, desempeñando un papel de mediador o de apoyo.
Durante la discusión, Polemarco se da cuenta de que Trasímaco ha llegado a un callejón sin salida y declara abiertamente que Sócrates tiene la razón.
Glaucón considera peligrosa la inmoralidad basada en el poder que sostiene Trasímaco, pero insiste en escuchar esta tesis con total claridad para refutarla. Incluso después de que Trasímaco se rinde, critica a Sócrates por no haberlo hecho callar de manera suficientemente convincente.
Glaucón considera insuficientes las respuestas de Sócrates a Trasímaco y asume la verdadera batalla filosófica volviendo a ensalzar la injusticia.